Durante mis años como deportista tuve la posibilidad de representar al país en diversas competencias internacionales. Esta suerte trajo aparejada otra de mayor trascendencia que los títulos logrados; me refiero a los viajes y el conocimiento de diversas culturas.
Viajar a los lugares menos pensados ha sido un aprendizaje que ninguna educación formal pudo facilitarme. La lista es extensa: Kuala Lumpur, El Cairo, Winnippegg, Christchurch, Oklahoma, New Mexico, Londres, París, Madrid, Toronto, New York, Orlando, Miami, Montego Bay, San José de Costa Rica, Mexico DF, Edimburgo, Roma, Milán, Amsterdam, Berna, Ginebra, Bogotá, Cali, Medellín, Santiago de Chile, Río de Janeiro, San Pablo, Quito, Guayaquil, Lima, Montevideo, y un par de ciudades más en tránsito.
No se trata aquí de hacer un recuento, sino de recordar que diferenciaba a algunas ciudades de otras.
El hecho de rodar por estos lugares durante más de 6 años, entre otras cosas, me permitió reconocer una diferencia vital entre los países desarrollados y los que aún intentamos jugar en las grandes ligas.
Esa diferencia no es ni el PBI, ni la educación, ni la salud, ni el transporte, ni el nivel cultural, ni "que hayan sufrido guerras", ni "que sean sajones", ni que "son el viejo continente y nos llevan años de democracia", ni el libre mercado, ni el socialismo, etc.
Nada de eso, en absoluto.
La diferencia no es económica, ni política, ni social, ni educativa, ni siquiera antropológica.
La diferencia entre esas sociedades y la nuestra, es el respeto por la ley. No son mejores que nosotros bajo ningún punto de vista, pero nos ganan por goleada cuando se trata de cumplir la ley.
De esos viajes he aprendido que las ideologías vienen después del estado de derecho, aunque en nuestros países subdesarrollados es a la inversa desde su gestación.
En los países árabes y en Latinoamérica es la ley la que se subsume a la ideología política de turno. La palabra ley -lamentablemente- adopta connotaciones ideológicas y aún se la reviste de fascismo. Los europeos, mientras tanto, nos miran absortos sin lograr comprender de donde proviene ese razonamiento.
Para ellos es más simple: es la ley, sin vueltas.
No nos gusta la ley cuando nos toca, pero la pedimos a gritos cuando nos avasallan.
Personalidad psicopática la argenta, ¿no?
La igualdad, de la que tanto se jactan nuestros gobernantes (casi todos) y que hace siglos no llega, tal vez esté más cerca el día que apliquemos la ley.
Pero aquí estamos ante una paradoja del lenguaje, diría Wittgenstein.
Aquellos que deberían hacer cumplir las leyes, serían los primeros en ser encarcelados.