miércoles, 18 de julio de 2012

El amor y la ausencia

No hay ausencia más que del otro: es el otro quien parte, soy yo quien me quedo.

El otro se encuentra en estado de perpetua partida, de viaje. Es, por vocación, migratorio, huidizo. Yo, que amo, por vocación inversa, sedentario, inmóvil, predispuesto, en espera, encogido en mi lugar, en sufrimiento.

La ausencia amorosa va solamente en un sentido y no puede suponerse sino a partir de quien se queda – y no de quien parte- yo, siempre presente no se constituye más que ante tu, siempre ausente.

Me esperas allí donde no voy a ir: me amas allí donde no estoy.

Saber que no se escribe para el otro, saber que esas cosas que voy a escribir no me harán jamás amar por quien amo, saber que la escritura no compensa nada, no sublima nada, que es precisamente ahí donde no estás: tal es el comienzo de la escritura.
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"Fragmentos de un discurso amoroso" - Roland Barthes

jueves, 12 de julio de 2012

La línea de la vida

La gran regla de oro del arte, y también de la vida, es ésta: cuanto más precisa, más aguda y nerviosa sea la línea divisoria, más perfecta es la obra de arte, y cuanto menos aguda y viva sea, mayor es la evidencia de pobre imaginación, plagio y torpeza. La falta de esta decidida forma delimitada denota la falta de ideas del artista y la presunción de plagio en todas sus ramificaciones.
¿Cómo distinguimos el roble de la haya, el caballo del buey, sino por sus contornos? ¿Cómo distinguimos una cara o un semblante de otro sino por sus contornos con sus infinitas inflexiones y movimientos?
¿Qué es lo que levanta una casa o un jardín sino lo definido y determinado?
¿Qué es lo que distingue la honradez de la picardía sino la dura línea inflexible de rectitud y seguridad de las acciones e intenciones?
Si se omite esta línea, se omite la vida misma.
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"El significado del Arte" de Herbert Read

martes, 3 de julio de 2012

Mandatos


- Si no hubieras sido flautista por complacer a tu padre y hubieras hecho lo que te apetecía, ¿qué serías?

- No te rías de mí. Al morir mi padre y después mi madre, pensé que por fin era libre y podía hacer lo que quisiera. Pero ellos siguen ahí, dentro de mi cabeza, insistiendo. Tendría que marcharme fuera durante un año, lejos de la orquesta, lejos de la flauta; tendría que correr, nadar y meditar y, quizá, poner por escrito como me sentía en casa con mis padres y con mis hermanas para llegar a saber lo que quiero al acabar ese año. A pesar de todo, quizá fuese tocar la flauta.

- Yo, a veces, hubiera querido que alguien me insistiera…

Extraído del libro "Mentiras de Verano" de Bernhard Schlink.
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Nos dijeron que eramos: "genios" o "estúpidos", "brillantes" o "ignorantes", "tiernos" o "agresivos", "buenos" o "rebeldes". 
Nos dijeron que convenía estudiar: "una carrera seria" o "con salida laboral", "en una universidad como la gente" o "en el exterior que son mejores", "como el tío que le fue bárbaro y se llenó de guita" o "hacé como hizo tu padre que remó desde abajo".
Nos dijeron que pareja convenía amar: "que sea una chica de su casa", "ojo con las pelirrojas", "las gorditas son buenas, no?", "que llamativa...", "no se integra demasiado..." o "es divina, me encanta para vos".
Nos dijeron todo eso y mucho más, con buenas intenciones y tratando de educarnos.
¿Cómo educar a nuestros hijos y evitar condicionarlos?
¿Cómo no creerles a nuestros padres si nos han dicho todo esto desde que nacimos?
¿Cómo no internalizar esas verdades absolutas?
¿Cómo no hacer fuerza para encajar en lo que nos dijeron que eramos?
Y en ese esfuerzo, somos felices porque cumplimos el mandato.
Pero estamos tristes, porque no es el nuestro.


viernes, 29 de junio de 2012

Las manzanas de la educación

- ¿Qué harías si pudieras modificar el sistema de enseñanza?

-Bueno…no estoy muy seguro de lo que haría. Lo que sé es que no empezaría con las cosas con que por lo general empiezan las escuelas. Creo que primero reuniría a todos los niños y les enseñaría a meditar. Trataría de enseñarles a descubrir quiénes son, y no simplemente cómo se llaman y todas esas In cosas. Pero antes, todavía, creo que les haría olvidar todo lo que les han dicho sus padres y todos los demás.

Es hora de que empiecen a quitarse cosas de la cabeza en lugar de llenarla cada vez más. Podrían desembarazarse de un montón de manzanas en esta vida, con solo proponérselo.

Quiero decir, aunque los padres les hubieran dicho que un elefante es grande, yo les sacaría eso de la cabeza. Un elefante es grande solo cuando está al lado de otra cosa, un perro, o una señora, por ejemplo. Ni siquiera les diría que un elefante tiene trompa. Cuanto más, les mostraría un elefante, si tuviera uno a mano, pero los dejaría ir hacia el elefante sabiendo tanto de él como el elefante de ellos.

Lo mismo haría con el pasto y todas las demás cosas. Ni siquiera les diría que el pasto es verde. Los colores son solo nombres. Porque si usted les dice que el pasto es verde, van a empezar a esperar que el pasto tenga algún aspecto determinado, el que usted dice, en vez de algún otro que puede ser igualmente bueno y quizá mejor. No sé. Yo les haría vomitar hasta el último pedacito de manzana que sus padres y todos los otros les han hecho morder.

Además, si quisieran aprender todo lo demás, nombres, y colores, y otras cosas, podrían hacerlo; si les gustara, cuando tuvieran más edad. Pero yo querría que ellos empezaran con las verdaderas formas de mirar las cosas y no mirándolas como hacen todos los otros comedores de manzanas.

Extraído del cuento “Teddy” en “Nueve Cuentos” de J.D. Salinger.
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Sin embargo, insistimos en que nuestros hijos coman la manzana.
No queremos que piensen, queremos que repitan de memoria y sin errores.
No queremos que experimenten la vida, queremos explicársela con un manual.
No queremos que descubran quienes son, nosotros nos ocupamos de decírselo.
El gran pecado de la educación: aniquilar el deseo y la voluntad.

domingo, 24 de junio de 2012

Saber Esperar

“¿Seré amado?” es una pregunta alternativa: todo o nada.

No concibo que las cosas maduren, que sean sustraídas a la oportunidad del deseo.

¿Quién está enamorado?: El que espera.

A veces quiero jugar al que no espera; intento ocuparme de otras cosas, de llegar con retraso; pero siempre pierdo a este juego: cualquier cosa que haga, me encuentro ocioso. La identidad fatal del enamorado no es otra más que esta: yo soy el que espera.

Un mandarín estaba enamorado de una cortesana: “Seré tuya, dijo ella, cuando hayas pasado cien noches esperándome sentado sobre un banco, en mi jardín, bajo mi ventana. Pero, en la nonagésimonovena noche, el mandarín se levanta, toma su banco bajo el brazo y se va.”

De todo consejero, sea cual fuere, espero que me diga: “La persona que usted ama lo ama y se lo va a decir esta noche.”

De modo profético alguien llama y dice: "te amo".
Pero no es precisamente a quién esperábamos.


Edición personal de "Fragmentos de un discurso amoroso" (Roland Barthes)

sábado, 16 de junio de 2012

Discursos amorosos I

Encuentro en mi vida millones de cuerpos, de esos millones puedo desear centenares, pero de esos centenares, no amo sino uno. El otro, del que estoy enamorado, me designa la especificidad de mi deseo.

Han sido necesarias muchas casualidades, muchas coincidencias sorprendentes (y tal vez muchas búsquedas), para que encuentre la Imagen que, entre mil, conviene a mi deseo.

¿Por qué deseo a Tal? ¿Por qué la deseo perdurablemente, lánguidamente? ¿Es toda ella lo que deseo? ¿O no es sólo más que una parte de su cuerpo?

Y en ese caso, ¿qué es lo que, en ese cuerpo amado tiene vocación de fetiche para mí? ¿Qué porción, tal vez increíblemente tenue, qué accidente? ¿El corte de una uña, un diente un poco rajado, un mechón, una manera de mover los dedos al hablar?

De todos estos pliegues del cuerpo tengo ganas de decir que son adorables.
Adorable quiere decir: “Este es mi deseo, en tanto que es único”.

Fragmentos de un discurso amoroso (Roland Bathes)
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El sexo nos vacía, nos libera, nos descarga. 
El amor nos llena, nos ata, nos sobrecarga.
El sexo se tiene, pero el amor se construye.
Y el amor sólo puede construirse en el juego de dos psíquis: sus ideales, sus modelos, sus mandatos, sus demandas, sus histerias y sus obsesiones.
En el amor se elige, se cataloga, se reconoce al otro en un lugar de privilegio.
Sólo en el amor puedo sentirme "único", porque solamente "yo" puedo decir "te amo".
¿Pero que significa sentirse el "unico"?
¿Quién será el "yo"? 
¿Y a quien le diremos "te amo"? 








viernes, 8 de junio de 2012

Rompiendo el silencio

Dice Onetti que si uno va a hablar debe procurar que sus palabras sean más interesantes que el silencio.

Luego de varios meses de ausencia – si es que uno está presente en algún lado- decido retomar el infructuoso camino de la palabra con el fin de mejorar mi silencio.

Es interesante pensar que el “silencio” se diga con palabras; y que al nombrarlo, caigamos irremediablemente en una negación. Paradoja estúpida, pero irrefutable. Los límites del lenguaje, diría Wittgenstein.

El silencio -por ende- para ser tal, no puede decirse. Es algo que solamente pertenece al campo de la experiencia, de la sensación, de la percepción. Y experimentarlo es un camino individual que nos obliga a negar la construcción de significados.

Estar en silencio permite que el “ser” aflore en toda su esencia. Nos permite (re)plantearnos la vida. En el silencio solamente hay lugar para las preguntas. La palabra - en cambio- sentencia, argumenta, explica, responde.

Rompo entonces el silencio con palabras que no lo mejoran, pero que intentan buscar una forma de decir calladamente, con más peso, con más profundidad...y con menos palabras.

Todos tenemos dos vidas: la de las palabras y la del silencio.
¿Cuál será la verdadera?